Esa rara nostalgia tras un año del confinamiento

Fotos: Patricia Medrano Araújo.

Es marzo y es el aniversario del primer confinamiento, de la alarma mundial, de la declaración de la pandemia de la covid-19. De aquel momento inédito, histórico para muchos terrorífico cuando el planeta entero se detuvo y entramos en una bizarra película de ciencia ficción.

Hace un año estuvimos confinados a cal y canto. Esa extraña situación de no poder salir ni al parque, porque un enemigo microscópico y con muchas coronas nos acechaba y cualquiera nos podía contagiar y nosotros contagiar a cualquiera. El peor de los miedos: el miedo al otro. Entonces no escuché más el tren llegar a la estación, ni los motores de los coches, ni el pregón del chatarrero en el barrio, ni las risas de los niños jugando alrededor del tobogán. Ni los noticieros, porque decidí no encender más la tele.

En esas primeras semanas, cuando clausuraron los colegios en Madrid (un miércoles 11 de marzo) y el gobierno español decretó tres días después el estado de alarma y el país entero se cerró (y poco a poco el resto del mundo), todo era nuevo: un confinamiento que sólo iba a durar 15 días, la taquicardia, los anuncios, los chistes, las calles vacías, las grúas quietas, los animales salvajes retornando a sus espacios perdidos, los sonidos de la naturaleza tras acallarse el ruido de las urbes.


Nostalgia en voz baja

Hace un año todo se hizo silencio afuera y caos adentro. Y a pesar de lo terrible y luctuoso, algunos hoy hablan en voz baja de nostalgia. 

¿Nostalgia? Es contradictorio, demasiado complejo de explicar, pero ahí está. Aquella era una situación insólita, temporal y llena de retos, y muchos teníamos la convicción de que era también una gran oportunidad: para escuchar, observar y reconectar; para revaluar y vaciar; para aprender, para sembrar. Pero sobre todo para comprender y transformarnos.

Un poco de esa extraña nostalgia siento yo también a veces. Porque en medio de las densas emociones y las dificultades logísticas tuvimos que volvernos ultracreativos, hacer malabares, sentarnos a jugar con nuestros hijos por horas, inventarnos aventuras, experimentos, cocinar.  #yomequedoencasa era la consigna vital y nos aprendimos el rap de la tos

Miguel y yo dibujamos coronavirus de colores en el dorso de sus manos cada día. El objetivo era conseguir eliminarlos, de tanto lavarse. Y como náufragos marcábamos en un papel las rayas para contar los días que pasaban y el logro de las manos sin vestigios de rotulador. La meta eran 20. Llegó de sobra con entusiasmo, sin un gramo de miedo, y obtuvo su recompensa. 

Ha pasado un año y no volvimos a pintarnos coronavirus. Es raro que lo eche de menos, supongo que me gustaba esa apuesta cómplice con mi hijo, enseñarle a protegerse, pero sin ansiedad; volcarme en él para surfear juntos las aguas embravecidas y divertirnos a pesar de los rayos y las centellas. Esos primeros tiempos de tenerlo y contenerlo 24/7 y ser su mamá, su profesora, su animadora, su entrenadora, su instructora de yoga de animales… y de mirar juntos los videos de astronautas leyendo cuentos infantiles desde la mismísima estación espacial internacional. Hicimos cosas alucinantes. 

La incertidumbre absoluta también era nueva por entonces. Los cero planes, rendirnos a estar encerrados e intentar disfrutar en la medida de lo posible y no enloquecer. Y también esa posibilidad increíble de ir hacia adentro (¡benditas las clases de yoga y meditación por Zoom!), despojados ya de cualquier actividad exterior, cualquier evasión, cualquier relación física con los demás, cualquier huida. Solos con nosotros mismos y con nuestros demonios durante tres meses.

Pero no todos pudieron o quisieron hacerlo. O ni se enteraron. Como una avalancha llegaban a nuestros whatsapps y correos electrónicos invitaciones para embarcarnos en el delirio de llenar el tiempo y el vacío: series de Netflix, películas, cursos de Domestika, harina para hacer pan, Circo del Sol en la tele, ópera y museos online. ¡Conocimos Zoom, Meet y 20 cosas más! 

Aquellas primeras semanas caí, como millones de madres, en la preocupación insensata por el año escolar perdido, en la obsesión por las ‘1001 actividades para hacer con tu hijo en casa’, los libros en pdf, el mago por Youtube y los cuentacuentos por Zoom (hasta que una tarde un pervertido se coló en la sesión y mostró fotos pornográficas, ante la mirada atónita de no se cuántos niños que se quedaron sin saber cómo terminó la historia, porque todos apagamos la pantalla, horrorizados). 

Llegaron los encuentros virtuales con la familia y con los viejos amigos, nos acompañamos a cocinar, nos dimos ánimos con un vinito o un té y compartimos la consciencia global de un momento de ruptura, sueños truncados, cierres abruptos, dolor y también de muchas posibilidades, como la reinvención.

Flotaba la esperanza en los arcoiris de las ventanas, en el ‘Resistiré’ y las canciones nuevas, en los dibujos que enviaban los niños a los pacientes y a los sanitarios en los hospitales. Una de esas valientes enfermeras, la mamá de Marc, afrontaba la avalancha de enfermos y de muertos, y el no poder dormir bien, ni ver a su marido ni a sus pequeños durante dos meses (prefirió aislarse en otra casa para no contagiarlos). El día que compartió por whatsapp la foto del abrazo de reencuentro con sus dos hijos lloré.


Covid-19 y morir en soledad

En esos primeros meses del durísimo confinamiento nos inundó el miedo, la tristeza y la preocupación: tantos miles de seres humanos se debatieron entre la vida y la muerte en las unidades de cuidados intensivos de hospitales y otros miles murieron solos y miles más no pudieron ni despedir a sus seres amados. Tanta muerte en soledad. Tantas cosas sin decir. Aún hoy.

Todavía me impacta recordar cuando se instaló una morgue provisional en una pista de patinaje en hielo en un centro comercial, muy cerca de donde viví muchos años y de la Feria de Madrid, donde también se montó un hospital de emergencia. Cuando gente conocida se enfermó, Amor no pudo ir a la incineración de su madre, la abuela de Julieta falleció, su tío se agravó, su hermana se contagió y su mamá estuvo intubada casi dos meses en una uci. 

Cada ser humano tiene su camino y debe recorrer sus aprendizajes. La covid-19 aceleró la partida de muchos. Es triste, pero es la realidad. Esa que no nos gusta, esa de la que muchos días estamos hartos. Pero de la que no podemos librarnos. Es la que es. 


No todo es pretérito 

Tras un año de aquellos meses tan desafiantes, a veces tengo el privilegio momentáneo de sentir que todo eso es pretérito. Unos segundos, unas horas. Me escondo de las noticias, escribo, leo, pongo una lavadora, ordeno los juguetes de Miguel, estudio en el computador, miro por el cristal y descubro maravillada las hojitas brillantes que se desenroscan en las ramas del arce del vecino, y siento que ha pasado mucho tiempo, años, quizá. 

Y entonces abro la ventana, respiro el aire de una nueva primavera y recuerdo con cierta nostalgia aquellos días en que aplaudíamos admirados a quienes lo daban todo por salvarnos. Esos aplausos, además, que eran la constatación de que seguíamos vivos, que existíamos aunque no nos viéramos, que nos unían en solidaridad. Qué pronto nos cansamos y todo se torció aún más: aparecieron los negacionistas, los manifestantes en contra de la ‘dictadura’ que nos arrebataba la ‘libertad’, la clase política en su peor faceta de egoísmo, las confrontaciones inútiles, el cinismo, la corrupción, la inconsciencia.

Hay días en que cuelgo con mimo la ropa recién lavada, veo las torres de Madrid en el horizonte y escucho el canto de un mirlo. Me sorprenden las flores rosadas de los prunos y los brotes verde encendido que aparecen en las ramas que creemos mustias, pero que bullen por dentro y se alistan para entregarse en éxtasis a la vida. Y me olvido de todo. Pero salgo a la calle, se me queda la mascarilla y tengo que regresar.

Vuelven a mi memoria aquellos días de hallazgos y replanteamientos vitales y del primer paseo con Miguel (tras el confinamiento más duro), en el que juntos redescubrimos el mundo exterior, ese que estaba prohibido tocar, pisar y respirar. 

Ya hemos dado una vuelta al sol desde que el coronavirus cambió nuestras vidas. Hay algunos avances, más respuestas, varias luces y muchas vacunas. Hemos vuelto a salir –con restricciones y medidas–, pero seguimos medioconfinados, porque aún no hay tregua y aparecen nuevas cepas y llegan más olas (¡que viene la cuarta!). No hay que bajar la guardia, porque esto no acaba aún. 

La incertidumbre sigue instalada en el planeta. Y creo que más que nunca necesitamos nuevos ojos para mirarlo todo otra vez, para no perdernos. 




Comentarios

  1. Una vuelta al Sol ya... Intensa y profunda!

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  2. Querida Confihada: mi primera reacción fue negar radicalmente la nostalgia que plantea tu texto. Esas primeras semanas fueron, para mí, demasiado aterradoras como para sentirme nostálgico. Sin embargo, después pensé que hemos vuelto a las carreras cotidianas de antes, aunque sin salir de la casa. Es como una "normalidad" un poco más gris (aunque con la ventaja de dormir hasta más tarde que antes y comer mejor). Si es cierto que esos días bizarros nos hicieron reposar, mirarnos, valorar el tiempo. Gracias por recordarlo!

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    1. Gracias a tí! Qué bonito que al final hayas podido contactar (a pesar de lo aterrador) con lo valioso de esos raros momentos!

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  3. Siento y comparto esa extraña nostalgia. Es una sensación de burbuja de tiempo, de esperanza, de regeneración del planeta, de redescubrir-nos. Pero tb una pesadilla de incertidumbre y pérdidas. Me han encantado tus reflexiones. Gracias. Esther

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    1. Esther, gracias... "Una burbuja de tiempo", así es. Para mí lo más importante sea quizá eso de redescubrirnos, en medio de tantas tormentas (interiores y exteriores). Un beso!

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  4. Muy bien escrito Patricia! enhorabuena. Un año que no se olvida. Los primeros meses me recuerdan la amenaza de perder el trabajo que por suerte no ocurrió, aunque vi marchar a 1300 colegas. En muchos aspectos ha sido muy especial tener tanto tiempo y conseguir sobrevivir viendo a tan poca gente. Gracias.

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    1. Wow, tremenda angustia con tu trabajo, Jorge! Me alegra que sigas ahí.
      Gracias por tus palabras y qué bonito que puedas reconocer también lo especial de esos complejos momentos (y eso que entiendo que en Suecia fue todo bastante laxo, no?...).

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  5. Tal vez la gran nostalgia es que el mundo no cambió lo que podría haber cambiado. Tantas esperanzas de un mejor mañana, de ser mejores seres humanos, de reencontrarnos con la madre tierra y especialmente cambiar nuestra relación con ella se han ido esfumado poco a poco. Era una ilusión pensar que eso podría suceder en grande; al menos a nivel personal si tuve muchos aprendizajes y logré hacer cambios. Esperemos que muchos más pongan su granito de arena!!

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    1. Maravilloso, sí!!! Esa gran nostalgia de que pudimos ser mucho mejores!!! Lo importante es que cada uno desde sus posibilidades pudo avanzar lo que le correspondía avanzar. Qué bueno que lo ves... Seguro que si sumamos somos muchísimos más de lo que pensamos. Gracias por estar ahí en tu transformación.

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  6. Maravilloso escrito acerca de un año aterrador y a la vez lleno de esperanza. Por mi parte no logro conectar con la nostalgia por lo vivido. Ni siquiera me lo había planteado. Muy Interesante abrir la mente hacia percepciones y sensaciones tan diferentes. Mi nostalgia va encaminada a mi vida anterior de la cual echo de menos todo. Inclusive los madrugones,atascos y stress para llegar al trabajo. Un año intenso,íntimo, privado y sin contacto con demasiadas sensaciones y experiencias que son vitales para mí. Aprendizajes? Muchos
    Redescubrimiento? Reinventarse? Para mí no ha sido así. Sigo vibrando con lo mismo de antes y lo que sí ha ido aumentando de manera exponencial es la GRATITUD y SOLIDARIDAD. Pero nostalgia mi querida confinhada naaa. Gracias por tu singular escrito. Tal vez en otro momento conecte con la sensación que describes. Si algo hemos aprendido con esta locura es la revolución de pensamientos y emoviones.
    Un abrazo

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  7. Así es, queridísima Adriana! Me parece super bonito que digas con franqueza que no sientes esa nostalgia, porque entiendo que cada uno ha vivido (y vive) esta revolución de diferentes maneras. Quizá en algún momento encuentres algo por ahí escondido. Es raro, sin duda. Y sí, la mayor nostalgia es la de no vivir como antes de marzo de 2020, pero ante la evidencia de que eso quizá no vuelva, siento nostalgia por esos primeros momentos en que todo fue nuevo (aunque difícil) y había mil posibilidades.
    Me encanta que siga aumentando tu gratitud y tu solidaridad, que me constan. Gracias por pasarte por aquí a compartir...

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  8. Gracias, Patricia, por compartir con todos nosotros esta lúcida reflexión sobre un momento único que nos cambió a todos un poco. Tus palabras me han hecho reflexionar de un modo distinto, bajo otra luz. Gracias!!

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