AMIGOS MARCIANOS
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| Dos marcianos con pistolas (Miguel). |
–Mira, te presento a mis amigos marcianos –Miguel se acerca a la puerta, hace un gesto con el brazo extendido y me los muestra–. Salúdalos...
–Hola, amigos marcianos, ¿cómo les va? –sonrío y los miro con amabilidad y hasta con entusiasmo (viéndolo bien, mi hijo nunca antes había llevado amigos marcianos a casa). Pero de pronto cae en la cuenta de algo muy urgente e interrumpe el saludo.
–¡Ay, no! Que se tienen que hacer más lejos… ¡la distancia...! –lo dice con tono afectado– ¡...por lo del coronavirus!
–Ah...
–Amigos marcianos, córranse para atrás –y como un controlador aéreo mueve los brazos para guiarlos–. Eso. Pero no te preocupes, mamá, que ellos vinieron en un platillo volador y en Marte no hay coronavirus.
Cinco o seis horas después Miguel dormía, y yo, tumbada en un sofá rojo, miraba hacia la oscuridad de la noche, más allá de la ventana. Entonces, el tema de los marcianos volvió a mi mente.
En Marte no hay coronavirus, ¡qué suerte! En el planeta rojo salen los marcianos a pasear tranquilos, sin pensar que no se pueden juntar once; sin el fastidio de usar mascarillas (esas que ahora algunos llaman ‘bozales’ de la libertad y que se jactan de no usar, como si con su temeridad y su rebuscada defensa de sus derechos supuestamente atropellados se blindaran del virus, que anda por ahí, queramos verlo o no). Los marcianos, en cambio, no se preocupan por guardar dos metros de distancia entre ellos, no están obsesionados por lavarse las manos y estornudan escandalosamente y sin taparse -¡eso sí es liberación!-. Se abrazan si quieren, no tienen restricciones de movilidad y pueden coger sus platillos voladores e irse a donde les apetezca.
Dicen los epidemiólogos terrícolas -no los locos de la ultraderecha que salen sin mascarilla y bien juntitos a descabezar delirantes dictaduras- que este brote del covid19 es sólo la punta del iceberg, que vendrán otras olas de contagios, que podrían -o no- ser más violentas. Y que hay más virus tenebrosos por ahí.
Miedo, más miedo. Pero científico, aún en medio de tantas dudas y tantas incertidumbres, a falta de tantas verificaciones, a la espera de observar comportamientos, analizar y llegar a conclusiones. Sabemos poco e ignoramos mucho y siguen apareciendo preguntas, sin respuestas por ahora.
Pienso en mi hijo, y en los millones de niños en tantos lugares disímiles de la Tierra, inmersos en tan diversas circunstancias socio/económico/culturales, niños con hambre (la peor pandemia posible), niños desamparados, niños sin columpios, niños creciendo en un mundo temeroso y temido, más o menos transitando por las mismas limitaciones y similares frustraciones, y aún así viviendo y gozando el presente, como sólo los niños saben hacerlo.
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| Platillo volador marciano (Miguel). |
No me interesa volver a la defectuosa normalidad en que vivíamos. No quiero la desconexión humana ni con los ritmos de la naturaleza; no quiero el frenesí ni las carreras, ni el consumismo desmedido, ni la irresponsabilidad con el planeta, ni la inconsciencia. Me niego a ‘ser como antes’, esperanzada en un cambio fundamental hacia una humanidad más humana, más incluyente, más solidaria, más justa, más fraterna, más unida. Una utopía en tiempos de distopías. Por lo pronto pongo mi parte.
Echo de menos los aplausos que ya no suenan a las 8:00, la emoción de ‘ser parte de’ y de sentirme junto a muchos que ni conocía, ni veía; descubrir entre los techos a alguna persona aplaudir en una puerta o en una ventana o balcón era sentir algo parecido a la hermandad. Nos escuchábamos y al menos creíamos remar hacia el mismo puerto (cuidarnos entre todos y salir adelante, agradecidos y admirando a los trabajadores de la medicina y a todos los que se exponen cada día sin descanso desde sus oficios, mientras el resto estábamos confinados 100% en casa). Hace un par de días escuché una cacerolada a las 9:00. Frustrante. Solo ruido y más ruido.
Veo de nuevo por la ventana: ahí está la negrura de la noche, la silueta de un abeto, una estrella brillante. Por un instante no me siento tan sola. Lejos, sí, pero no tan sola. Y me acuerdo de los amigos marcianos de Miguel y les pido que vengan de nuevo a casa y nos lleven en su platillo volador.



Hola Patricia, acabo de leer esta entrada y qué bonito es, un reflejo fiel de lo que opino yo también, así que debe reflejar lo que piensa mucha gente. Yo también me preocupo en cuanto a los efectos de todo esto "new normal" que estamos viviendo sobre las mentes más jovenes y vulnerables. Pero quizás lo más importante - más allá del sinfin de estadísticas contradictorias, más allá de los "expertos" que no saben todo pero de que dependemos, más allá de los políticos que mezclan asuntos médicos con asuntos de poder - es que seguimos capaces, como Miguel y como tú, cada uno de su manera, de concebir mundos del más allá en que nada de esto es normal... porque no lo es, y no lo será. Hablas de un sofa rojo, un sofa de Marte quizás, y creo que sé bien de que sofa rojo hablas...! Enhorabuena, ha sido una lectura maravillosa - gracias!
ResponderEliminarGracias por acercarte a ConfinHada, Jonathan, y por tus palabras.... Me alegra un montón que te haya gustado. El sofá rojo es, sin duda, un sofá muy marciano. Entró a mi casa un día cualquiera sin esperarlo, empezó a subir por las escaleras y se quedó atascado: ese sofá rojo estuvo atravesado en la escalera ¡24 horas o más! Por cosas marcianas consiguió subir y, sí, desde allí recostada espero volver a contactar con los amigos de Miguel. Gracias por todo y también por el sofá... ;)
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