Vuelta y revuelta al cole

Los estudiantes españoles volvieron a las aulas en tiempos de covid19. Fotos: Patricia Medrano Araújo

El verano aún no acaba, es el martes 8 de septiembre y a las 9 de la mañana hay 15 grados en Madrid. Es el primer día de mi hijo Miguel en su nuevo colegio y es la vuelta a las aulas de millones de niños españoles, tras seis meses sin clases presenciales. Un regreso lleno de contradicciones. 

Desde hace semanas se han sumado más dudas al mar de incertidumbres en el que nadamos: ¿es segura la vuelta al cole?, ¿corremos el riesgo de contagiarnos de coronavirus con tal de que nuestros hijos vuelvan a tener vida escolar, socializar, aprender?, ¿las medidas tomadas en las aulas serán suficientes para atajar la expansión del bicho?, ¿cuánto tardarán las burbujas/grupos de convivencia en explotar?, ¿somos unos insensatos al aceptar que 20 niños estén durante horas en un lugar cerrado, cuando ni siquiera eso se permite en otros ámbitos?, ¿volverán a confinarnos?

Las cifras de la covid19 sitúan de nuevo a España como el país europeo con más contagios, el quinto en el mundo, y a la propia Comunidad de Madrid y varios de sus municipios (incluida Madrid capital) como la región con mayor incidencia del coronavirus de toda Europa. Como si no hubiéramos aprendido nada. La espada de Damocles de un nuevo confinamiento pende sobre los madrileños. Todo es una contradicción. Todo.

Escena 1


Por los altavoces del colegio suena alto la canción del año: “Resistiré, erguido frente a todo/ Me volveré de hierro para endurecer la piel / Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte / Soy como el junco que se dobla / Pero siempre sigue en pie, resistiré...”

Es la banda sonora –al menos en España– de esta película de suspenso que vivimos en carne propia millones de personas en el mundo desde el inicio de la pandemia. Escucharla esta mañana me hace sentir emoción y tristeza. ¡Todo es tan raro! Tras muchos días dudando si llevábamos a Miguel o no al colegio, nos lanzamos en esta montaña rusa (¿o experimento social?). Y siento que es un experimento porque puede pasar cualquier cosa (este mismo día una clase de primaria del Liceo Francés en Madrid tuvo que irse a casa a hacer cuarentena, porque un alumno dio positivo al coronavirus; mal inicio). A pesar de todo, en las últimas horas me he sentido tranquila y confiada con la vida, Miguel está contento de ir a su colegio nuevo… pero el estribillo de ‘Resistiré’ ahora me produce un ‘no se qué’ en la boca del estómago.

Varias docenas de padres y madres enmascarillados llevan de la mano a sus hijos hasta el colegio. Algunos lloran (supongo que algunos padres discretamente también). Miguel está sereno, lo mira todo con atención y camina de la mano de su padre. 

Somos afortunados porque en este colegio podemos acompañar a Miguel hasta la mismísima puerta de su salón de clase, dada la cercanía del edificio de infantil (preescolar) a la entrada principal. Miguel va muy bien, demasiado tranquilo para ser todo nuevo. Bendita la breve reunión con su profe tres días antes y haber conocido su aula, Planeta Tierra, y el ritual de bioseguridad de cada mañana. Miguel ha crecido, es bastante independiente, la angustia de la separación no está ya en su libreto y sobre todo está ávido de niños (le advertí, por si acaso, que no se los fuera a comer, lleva muchos días siendo un tiranosaurio rex).

El suelo está señalizado con huellitas de colores que demarcan el sentido de la marcha. Hay entradas distintas –según los cursos– para evitar que niños de varios grupos se junten. El patio de recreo de los más peques está dividido en dos por una cinta amarilla y negra. Es parte de la burbuja.

En el marco de la puerta, una mujer de ojos claros (adivino que sonríe por el tono de su voz) dispara con una pistola una luz roja para medir la temperatura en la frente. Miguel da un paso adelante para recibir el chorro de solución hidroalcohólica en las manos. Zapatos firmes en el tapete de lejía y un paso más en el tapete seco. Entra como si ya conociera a esos niños (se supone que son 19, pero cuento unos diez) y se sienta en el círculo que empieza a formarse. ¡Y ya! Envidio la simpleza y la claridad infantiles. Segundos antes del protocolo de bioseguridad me despido: “Pasa genial, ¡que te diviertas un montón!” y le doy un beso con mi mascarilla puesta. Es la primera vez, no me doy cuenta, y él lo nota: “¡Mamaaaaá, me diste un beso con mascarilla!”. Todo es muy raro.

Escena 2

Mi marido y yo nos quedamos un poco más para ver de lejos a Miguel y observar lo que pasa alrededor. Por fin concretamos una idea que nos rondaba desde hacía varios días: cancelar –al menos por ahora– el servicio de comedor. Mejor que Miguel coma en casa. Menos exposición a posibles contagios, que ya tiene bastante con lo demás. Le hacemos señas a la profesora antes de que dispare su pistola en la frente de otro niño y se lo comunicamos. Pero a Miguel –ya inalcanzable– no le dijimos nada más.

Escena 3

A la 1 menos diez me asomo por la verja del patio de recreo para curiosear la salida del aula de Miguel. Por fin aparece, muy serio. Me ve de lejos y hace pucheros. Me lleno de inquietud: ¿será que no le gustó el cole?, ¿habrá tenido una mala experiencia? ¡Ay! Corro para estar a tiempo en la puerta del colegio, donde la profesora lleva a los niños para entregárselos a cada progenitor. 

La maestra me dice que ha estado muy feliz. Pero Miguel me abraza las piernas y se echa a llorar desconsoladamente. Me arrodillo, le pregunto qué le pasa, lo abrazo. Los ojos de la profesora se abren aterrados. Todas las caras enmascarilladas me miran y miran a Miguel. Cuando por fin se anima a hablarme me dice entre sollozos: “yo quería quedarme a comeeeeeeeer”. Y vuelve a llorar sin consuelo. Conocido el motivo de su llanto la gente sonríe tras la mascarilla (o eso creo), el director del colegio, la jefa de estudios, todos los que están por ahí. El mundo al revés, dicen, pues todos los niños salen felices por reencontrarse con sus padres y por no comer allí. Sí, el mundo está al revés, digo yo.

Escena 4

Pasan diez minutos, quizá, y Miguel se calma. Lo animo a que se encarame en un muro con barandillas naranjas y azules que rodea el colegio. Le cambia por fin la cara triste y parece que comprende las razones para “aún no” conocer el comedor escolar. Nada como un par de telarañas y estar en lo alto. Casi le damos la vuelta a la fachada del colegio y luego corre hasta el parque con una gran sonrisa.


Me asalta la curiosidad por saber cómo fueron las medidas de seguridad (me resuena mucho el “como mínimo cinco lavadas de manos con agua y jabón”), esas que harán que nuestros niños en las escuelas estén “más seguros que en las calles”. Sí, sí, eso dijeron varios funcionarios.
 

–¿Cuántas veces tuviste que lavarte las manos? –le pregunto a Miguel.

–Dos.

–¿Y cuántas veces te echaron gel?

–Sólo dos, al entrar y al salir.

No hay lío, los niños se adaptan a todo. Por un instante me parece que no es para tanto (prefiero no pensarlo más, sé que hay muchas babas, cercanías, toses y manos sucias de por medio).

Termina la segunda semana y...


El mundo sigue girando, las mañanas siguen frías en el ocaso del verano y Miguel lleva ya nueve días feliz en el cole nuevo. “Como si hubiera estado toda la vida”, dice su profesora.

Me ha mostrado emocionado un caracol pegado a la pared; me ha contado que hay otro Miguel en su clase, que también tiene gafas, pero que “no dice ni mu”; y que Tristán y Diego son sus nuevos colegas para jugar a “superhéroes rapidísimos”. Canta canciones que antes no se sabía,  me ha dicho que ha dibujado lo que hizo en vacaciones y que ha hecho la S. “Y no sé qué más hice”, reporta.

Pero las burbujas escolares empiezan a estallar –es una ley física– por más protocolos de seguridad y por más promesas y buena voluntad. Ya sabemos que el riesgo cero no existe.

La realidad y el bicho se imponen: a los pocos días de abrirse los colegios hay casos de covid19 en las aulas. Clases enteras han sido obligadas a hacer cuarentena en casa, como en algunas del Colegio Alemán (donde estudia Marco, nuestro exvecino), del Santa María de los Rosales (donde estudia la infanta Leonor), y de otros 168 colegios de la región de Madrid (sí, donde estudia Aurora, y donde estudia Daniela, y donde estudia Olivia, y donde estudia Ari, amigas de Miguel, las cuatro en centros educativos diferentes). Pero es sólo el 0,5 por ciento del total, según contó el viceconsejero de Salud Pública de la Comunidad de Madrid para tranquilizar los ánimos. Pero no los de mi amiga Elisa: “Me siento como en una guerra escuchando cada vez más cerca las bombas caer”.

Aunque me tilden de histérica del coronavirus (mi marido me ha tildado), no lo soy. Simplemente soy realista: las burbujas estallan como las pompas de jabón. Y me temo que el goce de llevar a Miguel en bicicleta al cole y escucharle sus historias escolares de caracoles y nuevos descubrimientos pronto acabarán. En el mejor de los casos este será un año con muchas intermitencias.



Un nuevo confinamiento –como una nube que vemos de lejos ennegrecerse y empañar el cielo azul– se intuye desde hace semanas en Madrid. Muchos lo niegan o no se lo quieren ni plantear. Pero las cifras de contagios van de mal en peor y los epidemiólogos lo están cantando desde hace semanas: hay que actuar ya.

Pero no hay peor sordo que el que no quiere oir. Cuesta entender que no tomen medidas más drásticas (lo máximo que ha hecho el gobierno madrileño, tras semanas de alarma, ha sido anunciar ayer restricciones de movilidad en 37 zonas, clausura de parques y reuniones de sólo 6 personas). Los sanitarios de atención primaria (centros de salud) desesperados por la falta de recursos anuncian huelga y de nuevo el sistema de salud madrileño está saturado, los profesores también quieren ir a la huelga y hasta las asociaciones de estudiantes.

Las nubes negras empiezan a llegar con el fin del verano y las lluvias que empiezan a caer no hacen más que confirmar que –como cantaba Perales– “esos días grises del otoño” están a la vuelta de la esquina. Y quién sabe qué más.

Comentarios

  1. Comparto tus apreciaciones. Es mejor estar del lado de la cautela.
    Muy ameno el recuento!

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  2. Sólo nos faltó entrar a clase con Miguel. Magnífico relato. Quizá hay que ser un poco niños. Tomar las medidas de seguridad pero no sintonizarse con el miedo. Eventualmente toda burbuja se rompe, y es mejor pensar positivamente "resistiré". Abrazo para ti y Migue. Los quiero. P. D: Mis pasajes a España sacarán moho si la cosa sigue así, eso me entristece.

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    1. Exacto, ser más niños y no sintonizarse con el miedo, aunque a veces cueste! El moho se quita fácil, nos veremos! Más besos!!!

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  3. Si este año ha sido extraño, el próximo no lo será menos. Es lindo ver y escuchar cómo lo viven los niños, esos grandes sabios... No muy pronto, nos volveremos a ver y a dar abrazos.

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    1. Sin duda, Meli, los niños nos salvan con su inocencia y su saber vivir diáfano! Espero sí poder abrazarte no tan lejos... Mil besos!

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  4. ¡Estupenda narración del primer día de cole de Miguel! Nos alegra mucho que le guste tanto y que ya tenga nuevos amigos. Qué buenas las impresiones de la llegada anticipada del otoño junto con la incertidumbre de estos días...

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  5. Me encanta leerte, Patri. La verdad es que es una locura toda esta película de ciencia ficción que estamos viviendo y es un gusto poder verlo a veces desde el humor o la ironía literaria. Pero que tremendo todo!!!

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  6. Al igual que otros comentaristas, yo también me sentí acompañando a Miguelucho al colegio y recibiéndolo a la salida, gracias por este gran relato! Desde la distancia y viviendo otras restricciones, siempre me sorprendió la relajación total de los cuidados en España después de esos meses horribles que vivieron entre marzo y mayo. Veía a la gente en terrazas, restaurantes, discotecas y viajando por todas partes: qué envidia poder hacerlo pero se me antojaba un poco excesivo. Sin embargo, defiendo a capa y espada el regreso de los niños a los colegios: los humanos somos seres sociables! Yo mismo he aprendido en estas semanas de "libertad cuidadosa", lo mucho que extrañaba las conversaciones y encuentros reales con mi familia y amigos: todos al aire libre, con tapabocas y mucho alcohol (en las manos, no en la boca). Ojalá Miguelucho pueda hacer el curso con los menores sobresaltos posibles para disfrutar de los juegos reales con sus nuevos amigos!

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    1. Ojalá!!! Y qué bueno que nos acompañaste al cole! Sí, es cierto que la desescalada del confinamiento en junio fue muy rápida y quizá demasiado forzada en Madrid (por muchos intereses), cuando no estábamos listos. Sin duda, de los múltiples pecados cometidos (sin hablar de la inacción y ceguera del gobierno de la Comunidad de Madrid) el peor fue la relajación de la gente al llegar el verano.
      Gracias como siempre por tus palabras Andresito!!!

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  7. Deliciosa esa entrada al colegio de Miguel. Estoy haciendo mucha fuerza para que no se estalle la burbuja. Sería una gran desilusión que lo devuelvan a casa.
    Con esa agradable narración,m me sentí en los zapatos de Migue.
    Espero con atención el próximo capítulo!!

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    1. Gracias por leer Confinhada y ponerte en los zapatos de Miguel en esta emocionante aventura del cole...
      Hoy, cuando lo esperaba afuera del colegio a la hora de la recogida, me puse a hablar con otra mamá, la saludé y me dijo "¡Un día más!". Y así es, cada día es un milagro... en todos los sentidos.

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