Confesiones enmascaradas

Enamorados en el cabo de Finisterre, Galicia.  Fotos: Patricia Medrano

Turistas enmascarados en el cabo de Finisterre, Galicia.  Fotos: Patricia Medrano Araújo


Son las 8 de la tarde en una pequeña carretera de un caserío de Muiños, al sur de Galicia. Alrededor de un banco de piedra salpicado de musgo conversan cinco lugareños que quizá sean Anxo, Iago, Camiño, Iria y Adela. Me llama la atención sobre todo una de las mujeres, digamos que Iria, muy robusta, abuela quizás, con delantal a cuadros azules y blancos y pañoleta en la cabeza. No escucho de qué hablan, porque paso en bicicleta. Tal vez sea sobre el final de la jornada, la cena que prepararán, la pena por no celebrar las fiestas veraniegas este año o quizá sobre la portada del diario regional: “Crece la preocupación por el aumento de casos de Coronavirus en España”. Todos tienen la mascarilla puesta. 

También la llevan sobre sus rostros un campesino subido en su tractor laborando a pleno medio día; una mujer que limpia con una regadera una tumba en el cementerio; una niña en patinete que esquiva transeúntes; una viejita con bastón que da un paseo por la plaza; las bañistas que caminan descalzas junto al mar  –como siempre–, en bikini  –como siempre–, bronceadas –como siempre–  y con mascarilla –como nunca–.

Una mujer riega unas flores en el cementerio de Noia, Galicia.

A todos los vi, como también a un grupo de adolescentes con camiseta amarilla en una yinkana por el centro histórico de Noia; a algunos osados del Camino de Santiago llegar a Finisterre o una pareja de jovencitos en Pontevedra abrazados y a punto de besarse… con mascarilla.

Las dos últimas semanas estuve de vacaciones, sumergida en la naturaleza, en ríos, bosques, mares y pueblos gallegos encantadores. Respiré aire puro, vi atardeceres, libélulas, zorros y estrellas de mar; comí zamburiñas y bebí albariños; olí y sentí el mar helado del Atlántico norte, caminé por las rías fangosas en marea baja y la arena llena de conchas me recordó mi infancia. También recogí moras en los senderos, me pinché con cardos y acampé nueve noches largas de mal dormir. Sudé –y sufrí– por cuestas pedregosas en bicicleta y nadé hasta una cascada gélida en el Pozo da Seima –implacable y vivificante– que me recargó de energía. Todo un regalo en tiempos de coronavirus estar fuera, pedalear, andar, zambullirse y sentir la vida, esa que sigue a pesar de los escándalos humanos, los miedos y la pandemia. 


Bañistas con mascarilla en una playa de Galicia.

Pero me fue imposible olvidarme de ella esos días de finales de julio e inicios de agosto: en las playas la gente iba y venía con mascarilla, niños con mascarilla armaban castillos de arena, heladeros y verduleras vendían enmascarillados, así como las madres con mascarilla amamantaban a sus bebés. Me topé con cientos de carteles e instrucciones sobre la covid19 y tuve que ir al baño y lavar platos con la nariz y la boca aprisionados bajo tela. Observé caminantes, turistas y lugareños con mascarillas quirúrgicas o lavables, estampadas y divertidas, bien puestas o en el brazo, en el cuello o sobre la mesa; de buena calidad y seguras y otras casi de adorno, fashion y hasta de lentejuelas; ofertadas en un mercadillo dominguero al lado de vestidos veraniegos y bikinis, y, por supuesto, en los ‘chinos de barrio’, esas tiendas donde hay de todo, y ahora también, ¡mascarillas! La raza humana está enmascarillada. Eso me impacta.


Efectos medioambientales colaterales de la pandemia covid19: mascarillas entre las algas.

Con tristeza también encontré dos mascarillas abandonadas en una playa salvaje y otra enredada entre las algas cerca de donde rompen las olas. Vi una estatua de un poeta enmascarado, a un arpista y a un pianista enmascarados, vi a decenas hacerse selfies enmascarados en el faro de Finisterre y hasta a un dinosaurio con mascarilla.

Ya no se trata sólo del paisaje anormal de la 'nueva normalidad' de una gran ciudad. Es la gente a la intemperie, en la naturaleza, en libertad, pero prisionera de sus miedos o sin más remedio, acatando una norma sanitaria o protegiéndose y protegiendo a conciencia de un contagio. 


De marzo a agosto

Recuerdo en pleno confinamiento cómo me impresionó ver a un puñado de personas con mascarilla por la calle cuando salí por primera vez con mi hijo a pasear. O las varias veces que se me aguaron los ojos en un supermercado, sobrecogida con la imagen de una realidad inédita: gente con tapabocas, distanciada, con guantes, desinfectándose al entrar y al salir; gente de gesto irreconocible detrás de un trozo de tela. 

Recuerdo un día en el que quise elegir un buen melón, tal y como me enseñó mi mamá: oliéndolo. Se me hizo un nudo en la garganta cuando entendí que no podía olerlo, ni acercármelo a la nariz para descubrir si su aroma se correspondía con su dulzor. No era un simple melón, ni el mío un melodrama frutal en el supermercado. Era todo: la incertidumbre, el miedo acechando en cada esquina y en cada dial; el desasosiego, el encierro y las propias pesadas cadenas emocionales, y otra vez ese escenario de seres comunes y corrientes enmascarados echando a su carrito yogures, huevos, pan y desinfectante. 


Un martes por la tarde en Pontevedra, todos con mascarilla.

Nos confinamos a mediados de marzo y aún hoy, en pleno agosto, nada de esto deja de conmoverme. No me acostumbro. Tengo la sensación de estar viviendo un mal sueño o de estar dentro de una película aterradora de contagios letales y de pronto detenerme, abrir bien los ojos, pestañear y ver que sí, que  estoy aquí, que es la realidad y la de millones de personas en el planeta. Lo peor es no saber hasta cuándo. Y no me quejo, porque mi familia y yo estamos sanos, y hemos sido privilegiados con un confinamiento cómodo y espacioso, a pesar de los inevitables terremotos emocionales. Pero sobre cualquier cosa ansío montarme en un avión y abrazar y besar a mi madre. Y poder ir con ella a oler un buen melón.


Con mascarilla, sí, aunque cueste

Ver al hombre sudoroso con mascarilla en su tractor (¿para qué, si trabaja solo, en su campo, al aire libre?) me estremeció, mientras escuchábamos las noticias de que los propietarios de discotecas en España protestaban por el cierre de sus locales –considerados focos de contagio– o la demencial decisión de un grupo de personas en Tenerife pilladas por la Guardia Civil, organizando una fiesta para contagiarse expresamente de la covid19.

Las modelos publicitarias, por supuesto, también con mascarilla. Es la 'nueva normalidad'.

En Madrid se congregaron antier los antimascarillas para protestar contra su obligatoriedad. Hay demasiadas personas que minimizan esta locura, creen en conspiraciones y consideran que el uso de la mascarilla es inútil. No lo sé, pero mejor escucho a los expertos y apelo a la sensatez: creo que nos protege más que andar por ahí respirando sin pudor gotículas de estornudos, toses, palabras, exhalaciones de humo… 

Confieso que no me gusta la mascarilla, y menos en verano. Me asfixia, me obliga a respirar por la boca. 

Me resisto a que se convierta en algo normal llevarla puesta, como una gorra o unas gafas de sol. No le veo sentido usarla si estoy sola, al aire libre y bien lejos de otras personas. Veo a la hija de mi vecino salir de su casa y ya tiene la mascarilla puesta. Pienso: ¿y por qué no se la pone justo antes de llegar a la estación de tren?  Tantas horas inútiles de mascarilla y tantas que acaban en la basura o en el mar. Pero también digo: mejor usarla si estoy en un espacio cerrado o con más gente, por responsabilidad conmigo y con los demás. Yo misma podría ser portadora asintomática y jamás me enteraría.


Dudas y libertades

A mi marido, que es anticlerical, le encanta visitar iglesias por el arte religioso. Hace unas semanas entré por primera vez en meses a una, la de San Martiño, a las 11 de la mañana de un sábado, para conocer sus joyas de arte medieval. Había sólo un parroquiano que rezaba con mascarilla y de rodillas, mientras una mujer encendía las velas del altar mayor. Quise pedirle a Dios que la gente no vaya a misa y que se quede rezando –si quiere– en su casa. Pero no tuve el valor para hacerlo, cada quien es libre. Por ejemplo, de meterse en misa de 12 en una iglesia repleta de feligreses y de recibir la comunión de la mano del sacerdote. 

La vida es ahora con mascarillas.


También son libres los que van a un concierto, a una corrida de toros y al parque de atracciones mecánicas, los que arman una fiesta veraniega o se acercan a la barra de un bar a tomarse unos mojitos. Incluso los que se niegan a usarla por convicción. Y también los que nos juntamos en un camping una semana para salir a montar en bicicleta por caminos rurales, aunque sólo nos saludáramos con el codo. 

El primer día de excursión en bicicleta la tuve puesta... diez minutos. Imposible. Estaba asfixiada por el calor y por mi propia exhalación por el esfuerzo de pedalear cuesta arriba (y eso que llevé una mascarilla especial para hacer deporte). Así que la guardé en el bolsillo de mi mochilita, siempre a la mano para la ocasión. 

Dudé mucho si ir o no a ese viaje, hasta la víspera. Sé que todos, absolutamente todos, somos vulnerables. Sé que he metido la pata por muchos olvidos y excepciones. Estar en el campo nos daba una ‘licencia de libertad’ que en realidad ignoramos si es real, como tantas cosas. Sin embargo, a menudo nos recuerdan que el ‘riesgo cero’ no existe. Quizá por ello, aunque consciente y juiciosa, a veces me relajo y vivo... aquí y ahora. Es que no hay más.

Mi mascarilla y yo, en el cabo de Finisterre, en la Costa da Morte (Galicia).


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Comentarios

  1. Ya vivo pendiente de las deliciosas crónicas de Patri Medrano. En este maravilloso pedaleo por pueblos gallegos, nos lleva a ver la obligatoria y necesaria mascarilla, puesta hasta en las estatuas! Con gran agilidad, describe su uso en los turistas, los trabajadores de campo, los enamorados,etc. A qué sabrá un beso con tapabocas? Ya es la moda pero creo que incomoda!
    Ojalá algún día pueda realizar este maravilloso viaje en bici por los pueblos gallegos!

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    1. Gracias por tus estimulantes palabras... y sí, que llegue el día en que disfrutes los parajes de Galicia!

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  2. Ojalá podás darle un abrazo a tu mamá rápido, cuando alcen nuevamente los puentes (aviones) sobre el Atlántico. Me produciría mucha angustia sentir esa separación simbólica tan insalvable.

    Qué delicia esa ruta en cicla y qué envidia esa aparente nueva normalidad que han vivido estos meses. En América Latina apenas vamos a comenzar a salir, no porque hayan disminuido los contagios ni porque estemos llenos de camas UCI. No. Creo que la decisión se podría traducir en esa frase que usamos por estos lares justo antes de hacer algo que sabemos que está mal: "ya lo que fue, fue..."

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    1. Te abrazo y sé que sientes mi abrazo y me lo devuelves. Así que nos abrazamos. Mira tú la magia!

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