EL DINOSAURIO Y EL OTRO

Fotos: Patricia Medrano Araújo.
Hay un miedo a los demás, agazapado en nuestra mente, que no nos atrevemos a admitir, mucho menos a nombrar. Podríamos ser acusados de discriminación, de ‘hacerle el feo’ al otro, de delirio. Y es que nos acecha un bicho con muchas coronas y por eso nos escondemos en casa –el espacio seguro–, y al salir a la calle, tras una mascarilla y toda suerte de artilugios, algunos bastante inútiles.

Cuando la barrera invisible del metro y medio de distancia de repente desaparece o cuando sin pensar tocamos algo que no tendríamos que haber tocado (el botón del semáforo peatonal, por ejemplo), nos sentimos un poco torpes, culpables, invadidos (e invasores), vulnerables. Pensar que ‘los otros’ –que ahora andan sueltos todos por ahí otra vez– y cualquier objeto pueden ser potenciales contagiadores o medios de contagio –¡y yo misma para ellos!– me pone los pelos de punta. Prefiero no darle más vueltas y perdón por ponerlo sobre la mesa.

Por suerte, también creo que iremos perdiendo ese temor, como especie nos habituamos a todo y además tenemos mala memoria. En mi caso, elijo cada día confiar en la vida y seguir adelante, tomando ciertas precauciones y con el agua y el jabón como aliados.

Lo cierto es que aunque se acaben los estados de emergencia (el 21 de junio en España), aunque avancemos en el desconfinamiento, recuperemos algunas de las actividades perdidas hace cuatro meses y la gente crea que la pesadilla terminó, no es así. Esto va para largo y es claro que no podemos quedarnos paralizados.

Confieso que hay días que esta perspectiva me harta y me entristece. Una prestigiosa viróloga española asegura que el coronavirus circula ahora más que en marzo, pero no nos contagiamos tanto gracias a las mascarillas, el teletrabajo y la prudencia general”. Ayer el ministro de sanidad español advirtió a los incrédulos –y a los que piensan que esto ya se acabó y creen que ya pueden irse de fiesta y a la playa a compartir mojito–, que “el virus sigue ahí”.  Se le agradece el recordatorio. Al escucharlo, de inmediato el famoso microrelato de Augusto Monterroso se me plantó de frente con una sutil variación: Cuando despertó, el virus todavía estaba allí.


ALGUNAS LECCIONES DE RESTAURANTE

Y como la vida sigue en la ‘nueva normalidad’ he incursionado ya cuatro veces en restaurantes, y he aprendido varias cosas:

Lección 1: Comer fuera es estresante, sobre todo con niños. O te quedas en casa o lo asumes (la tensión, la mugre y el dinosaurio).

La primera vez que fuimos a un restaurante en tiempos de coronavirus Madrid acababa de entrar en fase 1 y sólo abrían las terrazas. Fuimos un viernes (¡tardamos cinco días en salir!) a un sitio informal de cervezas y tapas; había que hacer fila, pedir delante de un mostrador improvisado en la puerta (no se permitía entonces acceder al interior) y pagar por anticipado. Recuerdo que para ser la primera semana de apertura a los restaurantes y con aforo limitado me pareció que la terraza estaba demasiado llena. ¿Qué hacíamos tantos allí? Y aquella mesa de 1, 2, 3... 8, 9… (sí, ¡los conté!). Cuando llegué a Calvin’s mi marido y mi hijo ya habían ordenado alitas de pollo y croquetas. Había que comer con la mano, ¡lo que faltaba! Luchar contra ti mismo y no chuparte los dedos.

Lección 2: Los restos de gel hidroalcohólico en los dedos saben muy mal.

La segunda salida, diez días después, fue a la terraza de un restaurante tailandés. Los palitos terminaron en el suelo y convertidos en espadas por Miguel. El código QR reemplaza ahora la carta física, pero había olvidado mis gafas y no veía nada, solicité la carta normal, la puse de pie sobre la mesa y pasé las páginas con la punta del dedo como si estuviera apestada (la carta). Al final, por no tocar más, dejé que mi marido pidiera a su gusto otra vez.

Miguel estaba esa tarde tan descarriado como su caballito de juguete, que también terminó en el suelo: manoseó cuanta silla pudo, se acercó a los comensales, correteó entre las mesas, tumbó tres pares de palillos y el tenedor. Me estresé y me vi a mi misma despelucada, desencajada y gritando que nunca más volveríamos a salir a comer fuera… Erramos de nuevo al elegir rollitos vietnamitas envueltos en hojas de lechuga y hierbabuena. Partirlos con cuchillo es tarea imposible y el gel de manos es realmente amargo.

Lección 3: Está de moda la carta con código QR. Alista tu teléfono móvil para elegir plato. Ah, y el glamour se ha perdido.

La tercera salida, el jueves pasado, nos pilló en fase 2 de desconfinamiento (los restaurantes abren adentro también), pero escogimos estar al aire libre otra vez. Aunque Sentidos es un sitio con estilo, en el centro de cada mesa había una ordinaria botella de gel en lugar de un florero o una vela. La peor decepción fue encontrarme los cubiertos y la servilleta metidos en bolsas de plástico. ¿Para qué? ¿Y si un día también les da por embolsar los platos? Al menos la carta estaba impresa en los manteles individuales de papel (un dos en uno).

Lección 4: Reserva mesa siempre y asegura la distancia. 

No me atrevo a permanecer en ningún sitio cerrado y menos con mi hijo. Así que la cuarta salida fue el domingo pasado a la terraza de Pintxaki. Miguel tiene cada vez más puntería con los dispensadores fotosensibles de gel hidroalcohólico a la entrada de los restaurantes y pone las manos al llegar y al salir. De nuevo nos encontramos con cuchillo y tenedor “lavados a alta temperatura” y embolsados, qué desastre ecológico. Esta vez sí llevé las gafas y me estrené con el QR para ver tranquilamente la carta en mi teléfono.

Lección 5: ¿Y si llevo mis propios cubiertos? (¿qué tal los de camping, para empezar?)


La alfombra de bienvenida a los clientes manda: ‘Respete distancia de 1,5 m’. Aunque lo entiendo y lo acato, tanta demarcación, círculos azules, cuadraditos y carteles de ‘espere su turno aquí’ me empiezan a incomodar (y si en septiembre a mi hijo lo obligan a jugar en el recreo en un cuadradito de 2 metros, como se ha visto en algunas escuelas de Francia, lloraré).

Lección 6: Sólo el presente


Tras chuparse los dedos y comérselo casi todo, Miguel se acercó a un perrito que ladraba mucho y entabló conversación con su dueña a varias mesas de distancia. Me alegró saber que ya no tiene miedo a los perros, ni a la gente, ni al mundo. Ni siquiera al dinosaurio.

Comentarios

  1. Como le dije a Olivia el otro día cuando me preguntó si el miedo es malo: "el miedo es lo que nos hace darnos cuenta de si hay peligro... No es ni bueno ni malo, es necesario. Pero una vez hayamos decidido si la situación es peligrosa y debemos huir, o no lo es tanto y debemos continuar, continuamos adelante a pesar del miedo."
    Creo que en los últimos meses el miedo lo tenemos todos muy presente.. Aprenderemos a convivir con él?

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    1. Aprenderemos... aunque preferiría cambiarlo por 'estar muy atentos'. La pequeña Olivia es lo máximo y la mamá también! Gracias por comentar en ConfinHada :))))

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  2. En Colombia la situación es aún más extraña: nos confinamos casi al mismo tiempo que Europa, lo que ralentizó la expansión del virus. El problema es que ningún país aguanta una cuarentena de tres meses y estamos comenzando a salir justo cuando el bicho anda más suelto que nunca. Esta semana comí por primera vez en un restaurante: aquí no han dado permiso a ninguno para atender en el local, pero éste tiene una especie de patente de corso por estar cerca a una clínica. Estaba aterrorizado de tocar cualquier cosa "no debida". Fue triste pensar que la "nueva normalidad" significa perder momentos casi intrascendentes pero que forman eso que llamamos nuestra vida: almorzar tranquilamente en un restaurante cualquiera del centro de Medellín viendo las calles soleadas y la gente que pasa. Ya no es posible: sólo hay prevenciones y miedo.

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    1. Ojalá aprendamos a darle más sentido a las cosas simples sin que la sombra del miedo nos paralice o nos quite la paz. Es un desafío para todos, sin duda! Gracias por leer ConfinHada! Besos

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