ECLIPSADOS

El gorro, la mascarilla, la bolsa o la vida.
Fotos: Patricia Medrano

La luna llena enorme y amarilla apareció para mí junto al abeto detrás de la ventana, la noche después del eclipse. Veinte minutos después miré otra vez y la gran luna se escondía detrás del árbol y yo sólo veía su resplandor y unas pocas nubes iluminadas.

Es casi media noche, pero mi hijo se ha despertado y no consigue volver a dormirse. Tras varios intentos, vuelvo a escribir y observo que la luna está ahora a la derecha del abeto, potente, más nítida. Pasan más minutos y descubro que la luna se aleja del marco de la ventana. El árbol se mueve, la luna se mueve, la Tierra se mueve. Nos movemos y a veces no nos damos cuenta. Incluso nos mueven. Todo se mueve.

El lunes 8 de junio Madrid y Barcelona entran en fase 2 del desconfinamiento y llegan más movimientos: podremos reunirnos 15 personas, comer dentro de los restaurantes; los museos y teatros abren con aforo limitado, las piscinas recreativas hasta el 30% y con cita previa; vuelven las bodas, los congresos de hasta 50 personas y abren los centros comerciales. Pienso con inquietud si la gente saldrá en avalancha, si se nos olvidarán tan pronto los cuidados que hemos tenido estos meses previos, y que toda la contención se rompa y lo inunde todo...

Lo cierto es que tengo más experiencias en la ‘nueva normalidad’ y empiezo a preocuparme. Ayer tuve que llevar de urgencia a Miguel a la dentista. Era un consultorio privado al que íbamos por primera vez. Timbré. Me hicieron señas desde dentro para que esperara (la puerta y la pared exterior eran acristaladas). Leí entonces el cartel que decía que había que esperar a ser llamado, y la lista de las normas de bioseguridad. Hacía mucho sol y buscamos una sombra. Aviso al mundo: En la ‘nueva normalidad’ hay que tener paciencia, nada de prisa y un buen sombrero.

Pasados unos diez minutos nos abrieron. La auxiliar/recepcionista/integrante de la brigada de alta bioseguridad de la NASA nos saludó. Intuyo que sonreía detrás de su mascarilla y la gran pantalla de plástico que protegía su rostro. Vestía un traje largo de cirugía, gorro, guantes e iba armada de un spray con solución hidroalcohólica. Hizo pasar primero a Miguel. Yo tuve que esperar un rato más en el solazo. Esa voz amable y ojos vistosos le dijo a mi hijo de 4 años que no se asustara. Miguel asintió con la cabeza, extendió las manos y recibió un par de gotas de gel desinfectante. Luego tuvo que pararse sobre un pequeño tapete, de espaldas, y alzar primero un zapato y luego el otro. Splash y splash. Perdió un poco el equilibrio y se apoyó en el marco de la puerta.

–¿Y aquí no está el coronavirus? –preguntó muy consciente Miguel, esperando a que la chica echara desinfectante de nuevo en su mano. Tuvo un no por respuesta. Por fin me hicieron pasar y se repitió la historia. Perdemos rituales y ganamos otros en la era del coronavirus…

Además de disfraz, ¿para qué este gorro?

Cuando pensé que la preparación había acabado, nos dieron gorros verdes quirúrgicos para cubrirnos la cabeza y me obligaron a meter mi pequeño morral en una enorme bolsa plástica (la mascarilla la llevaba yo de casa, me lo habían advertido en un mensaje enviado por correo electrónico, en el que sugerían pagar con tarjeta de crédito, no usar el teléfono móvil en el consultorio, no llevar accesorios metálicos, guardar los dos metros de distancia y que notificara si presentaba síntomas de enfermedad antes y después de la cita).

Por fin nos pudimos sentar. No había nadie más. En ese lugar se atiende un paciente a la vez. Luego llegó la desinfección del bolígrafo y la entrega de los consentimientos que debía firmar: protección de datos, que no tenemos fiebre, que no tenemos síntomas de covid19, que no hemos estado en contacto con contagiados. Y ahora pienso, ¿y yo qué sé?

De repente, apareció la dentista enfundada en un traje espacial blanco de pies a cabeza (overol de aislamiento quirúrgico, consulté luego en internet), con gorro, pantalla facial, mascarilla y guantes de látex. Supe que era ella porque así lo anunció, para mi era otro integrante de un nivel más alto del escuadrón de bioseguridad de la NASA en Madrid.

–No te asustes, peque, parezco un astronauta pero soy la dentista.

Entramos a una sala muy blanca. Le entregaron a Miguel un vaso con un desinfectante oral con el que debía hacer un buchecito y escupirlo enseguida. Se tumbó en la silla blanca, cubierta de plástico. La astronauta hizo sus maniobras, le conté el motivo de consulta y volvió al rato con una placa para hacer una radiografía. Le pidió a Miguel sostenerla y acercó a su boquita la punta del enorme aparato -también blanco-  a punto de lanzar su rayo intergaláctico. Me dijo que saliera. Una vez tomada la radiografía, abrió la puerta. Miguel seguía ahí entero, y al parecer a salvo. Empezó a preguntar, fascinado, qué era todo aquel instrumental cubierto de plástico y quiso tomar agua. Le dije que le pasaría la botella de cristal que traíamos de casa (abrí la enorme bolsa, metí la mano y a tientas saqué la botella).

–No, no, no, yo quiero ESTA agua  –y señaló con firmeza la del dispensador de odontología. No me extraña que quisiera aquella enigmática agua del espacio con vaso azul. La astronauta había salido a revelar la foto y la auxiliar le explicó a Miguel que debía esperar a que la doctora regresara, pues sólo ella podía accionar con su pie el mecanismo para rellenar el vaso. Más fascinación.

Esperamos unos minutos y llegó con la pequeña radiografía aferrada a unas pinzas. No se si me impactó más toda la parafernalia higiénica y desechable o el anuncio de que el Ratón Pérez vendrá en ocho días porque habrá que hacer una extracción. Fue demasiado para mi en una hora: mi niño perderá un diente antes de que se caiga naturalmente, tendremos que volver en una semana al cuartel de la NASA y le darán antibióticos. Pero Miguel está muy emocionado con que venga el Ratón Pérez a casa. Ya dijo que quiere cinco euros bajo su almohada.

EL GORRO, LA MASCARILLA, LA BOLSA, LA VIDA

Ni los gorros quirúrgicos, ni la bolsa XL podemos volverlos a llevar. Nadie que vaya a ese sitio podrá. Y supongo que en ningún otro consultorio de ninguna especialidad médica que guarde tan estrictas (¿o ya básicas?) medidas de bioseguridad.

De nuevo pienso en las mascarillas desechables que ya aparecen en las playas o en las redes de pesca. En los guantes de látex y plástico que ahora millones de personas en el mundo usan y tiran y que, me temo, acabarán en los picos de pelícanos o en las panzas de las tortugas. Ya bastante desastre ecológico ocasionamos los humanos con el exceso y abuso de plásticos, para ahora añadir más basura al planeta.

Guantes pásticos al lado de un supermercado.

Yo, que me ocupo desde hace tiempo de no embolsar en el supermercado ni los plátanos, que reutilizo las bolsas en siguientes compras, que he probado lavarme los dientes con cepillo de bambú, que llevo agua en mi botella de vidrio, que digo no a los envases de un solo uso y que reutilizo los que no puedo evitar, me veo ahora en medio de esta nueva ola de lo ‘desechable covid19’, rodeada de la esquizofrenia por lo impoluto y sobreempacado. Me atropella un sentimiento de impotencia. Ahora más que nunca, la falsa seguridad de lo envuelto en plástico, nos hará triplicar (o quién sabe cuánto) el consumo de los tan contaminantes polímeros.

Me niego a usar guantes. Al menos mi mascarilla la volveré a usar y cuando encuentre una lavable que cumpla los requisitos de seguridad sólo me pondré de esas. El gorro está en el cajón de los disfraces y a la bolsa XL le daré otra oportunidad. Miguel seguirá aprendiendo que no necesita una pajita o pitillo para beber, que nos limpiamos con servilletas de tela, que el sánduche para el paseo lo llevamos en una cajita y no envuelto en film de plástico.

A la próxima consulta con la dentista iré con bolsillos grandes para guardar las llaves y la tarjeta de crédito. Y nada más. Ignoro qué vamos a hacer con tantos trajes quirúrgicos, guantes, mascarillas, gorros y cosas nuevas desechables y que empiezan a masificarse en el mundo entero. Todo esto también eclipsa mi utopía de habitar un planeta mejor. Pero resisto.

Comentarios

  1. Dura y triste realidad actual pero hay que afrontarla y seguir luchando en contra de esa suciedad generada (puede que ahora si encuentren los fabricantes de plásticos y bolsas una justificación para su consumo). Desde mi caso puedo decir que me ha tocado ya ir 4 o 5 veces al dentista entre mis 2 hijos y yo desde que Madrid entró a fase 1 y mi solución para aliviar un poco toda esta situación de la bolsa XXL, etc es... utilizar riñonera (canguro en otros países) en donde coloco mi propio lapicero, mi bolsa ziploc con mis mascarillas de tela, mi propio gel de limpieza, pañuelitos (kleenex) para no tener que ir a los baños de los lugares. Mi riñonera tiene 2 bolsillos uno grande para todo esto y en el pequeño delantero coloco mi tarjeta de banco y la de salud. Así no las manipulo ni se me caen cada vez que tengo que sacar la mascarilla etc... la riñonera cada vez que entro a un lugar público siempre la coloco debajo de mi camiseta así no incomodo a nadie, la manipulo solo yo y todos felices...bueno este es mi consejo para esta nueva forma de vida :)

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    1. Sí, lastimosamente he leído que el lobby de los fabricantes de plástico está muy envalentonado para hacer creer que si no embolsamos todo, todito, nos contagiaremos. Absurdo e irresponsable con el medio ambiente.

      Qué buenas tus ideas para ir ligeros de equipaje a los sitios y llevar lo indispensable en la cintura. Gracias por compartir y por hacer parte de la solución, aunque sean granitos de arena!

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  2. Cuenta Camus en La Peste que cuando la enfermedad comenzó a perder fuelle por sí misma"cada una de las medidas tomadas por los médicos, que antes no daba resultado, parecieron inesperadamente dar en el clavo". No dejo de pensar en si todas esas medidas que tomamos al salir a la calle no serán (en su mayoría), más que rituales para llenarnos de seguridad ante un enemigo tan desconocido y cambiante. Hay cosas que parecen evidentemente inseguras: estar en una reunión con varias personas en un lugar cerrado, ir en un vagón del metro atestado de personas, etc. Pero luego se oyen historias del que se contagió en el supermercado después de tomar todas las medidas de seguridad y tras llevar encerrado 70 días ...

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    1. Maravilloso Camus... Edu León, un amigo fotógrafo español, ha reescrito La Peste en un diario de confinamiento en Facebook junto a sus espectaculares fotos en casa, encerrado. Sobrecogedor.

      Y sí, "nos mueven" y de repente creemos que usar guantes, lavar con lejía los tomates y la bolsa del supermercado es lo que s nos salva del covid19.

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  3. Interesante articulo, es cierto que este virus nos ha traido un repunte de los plasticos de un solo uso, aparte de otras mil cosas malas (y alguna buena).

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    1. En nuestras manos está descubrir y potenciar las buenas, y hacer frente a las no tan buenas con creatividad y consciencia. Sin duda la proliferación de plásticos y material desechable es alarmante. Gracias por leer ConfinHada!

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  4. Excelente artículo Patri, supongo primera experiencia de tu hijo Miguel de 4 años en plena pandemia del covid19. Estamos tan absorbidos por el tema, que nos olvidamos totalmente del problema ecológico. Los protocolos inducen a 'producir' basura en cantidades alarmantes. Lo más difícil es saber cuánto tiempo más continuaremos así.
    Lo compartiré con mis colegas de Cali y Colombia.
    Gracias por compartir.

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    1. Qué bueno, Pablo, que te haya gustado y que lo compartas con tus colegas odontólogos. Algo habrá que hacer, sin duda... Gracias por ayudarnos a pensar!!!

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    2. Soy odontóloga y no he podido entender porque si el virus muere en algodón se recomiendan desechables y porque las telas antifluidos si sirven pero para colocar desechables encima. Los guantes y tapabocas seguro indispensables. Pero si antes había trauma en niños con el dentista imagínense ahora con estos trajes. Esperemos descubran más sobre el virus para realmente combatirlo puntualmente. Estoy en Colombia y sigo mirando protocolos y colegas como juego de tennis.

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    3. ¡Gracias por acercarte a ConfinHada! Esperemos que pronto la ciencia vaya encontrando más respuestas sobre el comportamiento del covid19, y así dejemos de abusar de medidas y cosas injustificadas o generadoras de basura totalmente inútil. ¡Gracias por el esfuerzo en seguir la bola amarilla! Me atrevería a decir que necesitamos toneladas de sentido común.

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