FUNÁMBULOS
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| Pasos de vértigo hacia la nueva 'normalidad'. Foto: Patricia Medrano |
Me pasa a mí y supongo que le pasa a muchos: he tenido que devolverme a mi casa en tres ocasiones por olvidar la bendita mascarilla. Y cada vez he dudado: ¿me devuelvo?, ¿vale la pena?, ¿y estando ya tan lejos? ¡Que sí!, y subo la cuesta con resignación.
Pero el vértigo viene sobre todo al constatar que el paisaje urbano conocido es ahora extraño y ajeno: personas que caminan, corren por deporte, esperan el autobús, hablan por teléfono o trabajan en una excavadora a pleno sol, todas escondidas tras la mascarilla. El lenguaje facial de repente se ha vuelto inútil, echo de menos saludar con una sonrisa a un desconocido, ignoro si está contento, preocupado, triste o enfadado.
70 días después de empezar el confinamiento hay muchas puertas aún clausuradas, los toboganes siguen precintados y gran parte de los locales tienen papeles pegados al cristal anunciando cierres temporales u horarios especiales. Poco a poco aparecen señales de pies en el suelo con un ‘espere aquí su turno’, pantallas acrílicas, frascos de solución hidroalcohólica y guantes de plástico para entrar a cualquier lado. A medida que pasan los días y se permiten más actividades (desde el 25 de mayo Madrid y Barcelona entran en fase 1 de desconfinamiento), los espacios están llenos de pequeñas novedades. Y llenos de ausencias.
Hace una semana mi hijo de 4 años tenía una cita oftalmológica. Llevar a Miguel a un hospital no me daba mucha alegría, pero por fin habían reabierto las consultas y debía ir. Con redobles de tambor, los dos funámbulos –tomados de la mano– empezamos a caminar sobre la cuerda floja.
PRIMER ACTO: AMAGO Y EQUILIBRIO
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| "Juguemos a qué cara tiene mamá tras la mascarilla". Foto: Patricia Medrano. |
Pasamos a la sala de espera y veo más novedades: cada silla de por medio tiene colgado en el espaldar un peto/cartel –otra vez el azul– que dice: "Por favor mantenga las distancias de seguridad. No ocupe este asiento". Sólo hay una mujer esperando, pero igual nos sentamos lejos. Miguel se cambia de una silla a otra tres veces y me empiezo a poner un poco tensa. “No toques nada”, “trata de no tocar”, “quédate en una sola silla...”.
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| "No ocupe este asiento". Foto: Patricia Medrano. |
–Lo siento, hoy y aquí, no. Cuando salgamos te doy un banano.
–¿A ti sí te puedo tocar?
–Sí, cariño, pero no en la cara. Juguemos a qué cara tiene mamá tras la mascarilla –y entonces hago muecas invisibles de susto, risa, sorpresa o enojo. Atina más o menos.
–¿Lo sabes por los ojos? –le pregunto.
–Sí.
Intenta quitarme la mascarilla. “No me la jales”. Y mi tensión va in crescendo. “No te toques la cara”, “no cojas eso, no toques la silla, cariño”. Redobles de tambor. Y por fin me doy por vencida, ¡es un niño! y leemos un cuento a ver si se queda quieto un rato.
La optómetra que hace la graduación –y suele verlo primero– atiende a dos personas y luego desaparece. Miguel está impaciente. Y yo. Llega un papá y un niño más pequeño que Miguel, con chaqueta azul (¿por qué todo es azul?). Lleva mascarilla (azul) y dudo: ¿Tendría que haberle puesto una a Miguel? La norma nueva dice que para los menores de 6 años no es obligatoria. Pienso que usarla puede ser hasta peor y me tranquilizo.
SEGUNDO ACTO: CONCENTRACIÓN, TARÁNTULA Y ESTORNUDO
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"¡Tiene dos colmillos, es una tarántula!".
Foto: Patricia Medrano.
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–Mira, un bichito –apunta a una silla y nos acercamos–. ¡Es una araña! –y la mira muy bien–. Tiene seis pepas –se refiere a seis ojos.
Se pone a caminar con las manos atrás, reflexivo. Y, de repente, vuelve a buscar la araña, la observa meticulosamente y grita:
–¡Tiene dos colmillos, es una tarántula!
–Madre mía, es verdad –digo sorprendida– y veo sus dos ‘colmillos’ moverse.
–¿Nos va a picar? –se preocupa un poco.
–No creo.
Por segunda vez se me caen al suelo los dos papelitos que me entregó la recepcionista. Qué remedio. Han pasado 48 minutos desde que llegamos y algo se mueve, llega otra paciente con dos móviles, guantes azules y mascarilla azul y chaqueta azul. Va muy conjuntada (y pienso en las nuevas costumbres de moda que generará esta pandemia y me acuerdo de las mascarillas de Louis Vuitton que vi horrorizada en internet).
De repente estornudo. Redoble de tambores... Lo que faltaba. Lo he hecho sin pensar, dentro de la mascarilla y con el gesto del codo (¿está bien? Y si no, ¿tendría que habérmela quitado?).
TERCER ACTO: FINAL DE LA CUERDA
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| El guante feliz. Foto: Patricia Medrano. |
Al salir, la recepcionista no nos da la cita, porque no está abierta la agenda para julio. Lo entiendo. Por un instante se me había olvidado que nadie –ni yo misma– sabe qué pasará mañana, ni en una semana, ni en dos meses. Y que seguimos dando pequeños pasos en la cuerda floja.







Los humanos nos acostumbramos a casi todo: ya nos parece normal tener que estar encerrados buena parte del tiempo. Todavía hago duelos de cosas que disfrutaba y se han vuelto un suplicio. Salir a mercar (hacer la compra) era pensar en los quesos que iba a traer, en algo que quería preparar ese día. Ahora sólo pienso en el tormentoso ritual de "desinfectar" cada cosa y tener que pensar todo el tiempo dónde pongo las manos, no tocarme la cara... ¿También nos acostumbraremos a esas rutinas agotadoras?
ResponderEliminarUfff, supongo que nos acostumbramos a todo o a casi todo. Pero nos puede pasar como el sapo en la olla caliente...
EliminarSolamente he salido en pocas ocasiones por la complicación de la desinfectada. Definitivamente tenemos que ir pensando en aceptar que será inevitable por mucho tiempo.
ResponderEliminarYa lo creo Alimari, estas rarezas de la 'nueva normalidad' parece que se quedarán un tiempo ... Gracias por asomarte a ConfinHada!!!
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