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Dos mariposas (Miguel).
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Nuestro primer paseo del confinamiento.
Domingo 26 de abril de 2020
47 días ha pasado Miguel Marcelo dentro de casa. Eso, sin contar algunas mañanas primaverales en nuestro pequeño jardín, los ratos en la zona común de la urbanización y unas cuantas escapadas clandestinas a la calle contigua para montar en bicicleta con pedales en terreno plano.
Este domingo soleado pudimos por fin -autorizados por el gobierno español- dar nuestro primer paseo mamá/hijo desde el inicio del confinamiento por el COVID-19. Sólo puede ir uno de los padres con el niño, y Ángel ya había gozado su ‘libertad’ esta mañana yendo al supermercado. Así que a las 3:05 p.m. salimos a la calle. Y empiezo a estornudar (¿el polen?, ¿la salida de la burbuja invisible?, ¿una sacudida del cuerpo?).
Vemos entonces dos pequeñas mariposas anaranjadas volando muy bajito sobre el asfalto, juntitas, casi entrelazándose, quizá en medio de un cortejo amoroso o en una danza iniciática. Entonces sé con claridad que debo sacar el celular (no tengo lápiz ni papel) y apuntar todo lo que veamos y nos sorprenda en esta expedición. “Cuidado me lleva el viento”, dice Miguel al sentir el ventarrón. Y nos vamos.
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Margaritas silvestres.
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- Vemos unas margaritas silvestres amarillas junto a un árbol.
- Vemos un rosal rojo intenso (y nos acordamos de Alicia en el País de las Maravillas).
- Veo pasar la cola verde de un autobús interurbano.
- Pasamos junto a un seto de pinos, Migue toca un poco y descubre una telaraña.
- Vemos un chico barbado de camisa gris, absorto en la música de sus audífonos, paseando a un perro golden.
- Vemos un coche plateado doblar la esquina y su conductora lleva tapabocas.
- Pasa una moto de domicilios de Burguer King.
- Sobre la Carretera de Húmera veo por primera vez una mansión espléndida de paredes anaranjadas y balcón romano.
- Al lado veo una casa con un Suzuky rojo parqueado adentro, sobre el que cuelga una enredadera de flores color violeta. “Morado”, aclara Miguel.
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Hormigueros nuevos.
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- Escuchamos el viento mecer un montón de árboles, plátanos de sombra que mueven sus hojas nuevas, brillantes y aún pequeñas.
- Vemos un cartel de ‘Propiedad Privada’ y -tras una puerta- un jardín con flores fucsias muy hermosas. A Migue también le llama la atención y pregunta “¿qué dice allí?” y luego se pone a contar en voz alta los números de la teclas del telefonillo.
- Vemos un hormiguero en un andén que debe ser nuevo (pienso que la gente ya no camina por ahí y las hormigas colonizan nuevos espacios). Muchas hojitas en el suelo vuelan con el viento. Escuchamos unos pajaritos conversando “pi pi pi” y otro más allá con voz grave que dice ‘gueee gueee’.
- Vemos unas cacas de perro que un dueño tonto no recogió. Y ¡“cacas de pájaro y más hormigueros en otro andén!”, añade entusiasmado Miguel.
- En el número 8 de la calle Avicena vemos tres rosales exuberantes: unas rosas salmón, unas blancas y otras rosaditas.
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Autobús verde con ventana (Miguel).
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- Vemos una casa esquinera muy bonita con paredes color tigre y ventanales de madera. En el tejado hay varias plantas silvestres. Las miro mucho. Imagino un bosque creciendo encima de aquella casa.
- “Tengo sueño”, dice Miguel. Lo animo a seguir y se me ocurre que podemos ir hasta la casa de su amigo Santi a saludar. Entonces corre andén abajo (y del sueño, nada...).
- Descubrimos el número cero -“¡de oro!”, dice Miguel- en una pared de la calle Doctor Jiménez Díaz, que nunca habíamos visto. ¡Un número cero!
- Vemos pasar otro autobús verde, el 650. Sólo va el conductor y una persona en las sillas traseras.
- Miguel ve unas violetas blancas en un parque al que no podemos entrar y, de pronto, al otro lado de la Avenida Juan XXIII, a una niña con trenzas y a su padre, quien lleva en la mano un triciclo azul de manubrio amarillo. Nos saludamos con el brazo desde lejos. No nos conocemos, pero me siento feliz, como un náufrago que divisa otro náufrago.
- Pasa una moto negra y al rato un coche azul oscuro.
- El césped junto a la Gran Pulpería está muy alto y lleno de malezas. Unas vallas nos impiden pasar hacia el parque.
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El suéter de Rayo McQueen.
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- Cruzamos la avenida por la cebra, pero sin mirar.
- Miguel recoge de la calle una pluma de paloma. “Mejor suéltala, que son muy sucias”, le digo.
- Vemos a un niño de suéter rojo caminar con su mamá. Ella lleva tapabocas. Migue detalla que el suéter es de Rayo McQueen.
- Ahora Migue dice que tiene hambre y que “podemos merendar en casa de Santi”. Le explico que no podemos, por ahora, que quizá más adelante. “¡Quiero que Santi me de un banano!”, protesta.
- Migue dice haber visto una cueva de búho en un árbol y me pide permiso para coger un palito. Le digo que sí.
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Casa de Santi, Santi y gallina con cresta.
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- En la calle Amanecer vemos más rosas rojas. Miguel camina por el andén y se adelanta. Escucha a Santi y a Bastian y sale corriendo hasta la puerta verde metálica que da al jardín. Lo llama: “¡Santiiiiiiii!”. Y se asoman por entre las rendijas Santi y su hermanito, y luego su mamá: Todos miran ilusionados por el hueco y los saludamos desde afuera, agachados. Pasa el padre y con un gesto reprueba que ella no nos abra la puerta. Se relaja entonces y nos deja entrar (hace días habíamos hablado de que las dos familias nos hemos cuidado un montón y estamos ‘limpios’ y que al menos los niños podrían verse alguna vez. Pero no quedamos en nada y yo entendí su silencio como un ‘no’ tácito).
- Veo niños felices. 47 días son demasiados para dos pequeños mejores amigos. No se tocan, ni se abrazan. Lo tienen asimilado. Y salen corriendo y van tras las gallinas y se sonríen, como si no hubiera pasado un día sin encontrarse. En el gallinero hay un espantapájaros nuevo. Son cuatro gallinas: dos rubias, una blanca y una negra. El padre recoge maleza del huerto. Nos quedamos en el jardín. Nadie se toca, ni toco nada, guardamos dos metros de distancia y casi no hablo. Siento que es un acto algo clandestino. Pero estamos serenos y contentos de vernos. Los niños leen un cuento y se comen un pan dulce. Nos vamos.
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El espantapájaros.
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- Vemos la cola de un autobús verde pasar otra vez.
- Vemos a un papá con sus dos hijos, todos montando en bicicleta. Y más allá veo a una mamá ciclista con mascarilla y casco blanco, y a su hijo, con casco rojo.
- “¿Puedo coger un palo?”, pregunta Miguel. Concedido. Propone que contemos cosas y cuenta: “un perro blanco, dos farolas y una mamá y una niña”. Es pequeña, viste un jersey rosa y monta en bici con rueditas.
- Ve otro palito y al rato lo cambia por otro mejor (ya no pregunta), pero casi pisa un hormiguero lleno de hormigas marrones que tienen pinta de picar.
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Una telaraña (Miguel).
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- Migue me muestra una telaraña escondida en un hueco de un muro.
- Vemos al otro lado del andén a una mujer con mascarilla blanca bajando la cuesta, creo que es oriental. Pasea a su bulldog y va con su hijo, de unos 8 años, que viste una sudadera con capucha azul y una mascarilla verde esmeralda. Los saludamos con alegría y Miguel se emociona: “¡un niño con mascarilla!” y “¡es verde!”.
- Más arriba, hay un papá solo en la calle. Tiene bermudas y yo tengo un poco de frío. Segundos después aparece el hijo, que está dando vueltas a la manzana en un patinete eléctrico. “Hola”, nos decimos, y él le indica al niño que coja la curva con más cuidado. Al chico lo vemos pasar tres veces.
- Subimos la última cuesta y volvemos a ver las margaritas amarillas junto al árbol. Miguel sale corriendo. Abro la puerta con el mando a distancia, pues no quiero tocar la cerradura.
¿Qué fue lo que más te gustó de nuestro primer paseo, Miguel? “¡Haber visto a Santi!”. Son las 5:53 p.m. y me sorprende todo lo que hicimos en una caminata que Google marca como de 15 minutos y a sólo un kilómetro de distancia. Es que es el redescubrimiento del mundo, y eso toma tiempo.
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Volviendo a casa.
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Me encanta tu blog, quiero hacer una muñeca ConfinHada para ti ��.
ResponderEliminarBesos en la distancia ��
Maríamuñeca ��
Muchas gracias!!! La esperaré con ilusión y tranquilidad, como ahora esperamos tantas cosas!
Eliminar¡Excelente! Esperamos nuevas entregas de la expediciones al mundo exterior de Miguel Marcelo y su mamá. Que nuevas aventuras lleguen sus vidas y enriquezcan pluma, colores y pinceles.
ResponderEliminarGracias por los ánimos y buenos deseos!!!
EliminarQuè lindo recuento. Me encantó visulizar cada detalle de tu "expedición". Què lindo volver a la vida normal así.
ResponderEliminarMe alegra que lo hayas disfrutado Stellita. Y realmente lo que debería ser normal es percatarnos, con ojos de niño, de la belleza que nos rodea.
EliminarMe encanta! Que frescura en esta historia. Se la paso a mi sobrina!
ResponderEliminarGracias Donatella! Un abrazo grandote!!!
EliminarLa vida pasa tan deprisa que perdemos todos estos lindos detalles. Gracias por compartirlos Patri.
ResponderEliminarY la pausa llega y con ella los nuevos ojos!
EliminarHola Patricia, me encanta tu blog. Esta entrada especialmente me ha resultado muy interesante, por su su sentido de la sorpresa de lo cotidiano y por su formato original. La he puesto a mis alumnos como referencia para escribir una experiencia personal. Un beso grande a los tres. Isabel (ex vecina)
ResponderEliminarIsabel, muchas gracias por tu comentario. Ya me contarás qué tal fue la experiencia con tus alumnos. Besos
EliminarLo estoy viendo y oyendo!!! Me maravillan sus comentarios, su desparpajo, su sociabilidad. Ojalá los tengamos pronto aquí en Cali!!! Un gran abrazo virtual
ResponderEliminarJaja, sí, ojalá!!! Estoy hablando con los amigos marcianos de Miguel a ver si me vienen a recoger: https://confinhada.blogspot.com/2020/05/amigos-marcianos.html
EliminarBesos virtuales!!!